A mis dieciséis años tomé conciencia de que la Argentina no termina en la General Paz cuando me tocó viajar al Noroeste Argentino, más precisamente a Jujuy.
Fue un viaje sin igual. Estábamos todos de joda, por primera vez sin los viejos y lejos de casa, felices, sin tomar conciencia de nuestro lugar de arribo. San Salvador de Jujuy fue una lujo: una ciudad hermosa, con la gente más maravillosa que se pueda encontrar en la Argentina. Pero allí no finalizaba nuestro viaje. No había empezado siquiera. Cruzar la Quebrada de Humahuaca es de esas cosas que todos tendríamos que hacer antes de pasar a mejor vida. La Quiaca es una ciudad fantástica y el clima es impagable. Pero yo, que pensaba que era la gente más al norte de la Argentina, no había llegado a la verdad. Santa Catalina, un pueblo detenido en el tiempo, más al norte que La Quiaca, allá donde el Cielo es una sábana celeste y las nubes no existen. Allí empezó todo.
Desde Santa Catalina salíamos todos los días en dirección de alguna escuela, en la que nos esperaban los docentes y sus alumnos. Conocer establecimientos que estan aisladas por el agua cinco meses al año, es un poquito fuerte. Saber que nosotros eramos las últimas personas que verían de afuera hasta febrero nos preocupaba, pero para ellos era algo normal. Donde íbamos nos recibían con una pelota de futbol. Los tubos de oxígeno eran nuestros mejores amigos.
Otra argentina apareció ante mis ojos. Chicos de quince años que tienen que salir a trabajar con sus padres de provincia en provincia, en busca de la cosecha del algodón o los viñedos de San Luis. Pibas que tenían que oficiar de madres de sus hermanos menores, ante la ausencia del padre y casi siempre, de la madre también, aunque esto se debiera más a las vinchucas que al trabajo golondrina.
En Casira conocí a Bilma. Sí, Bilma con B. Una mocosa de nueve años que había pisado un colegio por primera vez ese año sin saber leer ni escribir su propio nombre. Empezó en primer grado. Al llegar septiembre, ya era la mejor de su tercer grado con un nivel de cultura general que haría estragos en el Último Pasajero. En esa misma escuela, los delegados municipales que siempre quieren quedar bien con la ajena, nos agasajaron en el comedor del colegio, dejando a los chicos afuera. El plato principal era cabrito. Nos levantamos y nos fuimos sin comer. El cabrito lo es todo para los chicos de allí. Bilma me lo había explicado. Es su mascota y su fuente de leche. Para ellos es una bendición contar con uno por familia. Para nosotros carnearon tres. Nos pareció tan grande la falta de tacto que preferimos retirarnos y salimos a jugar con los chicos.
Bilma casi no hablaba. Era una chica bastante reservada. Estuve toda la tarde con ella, intrigado por su vida, sus sueños, sus espectativas. Su padre estaba en el Chaco, su madre había muerto. Todo lo que tenía era su hermana mayor, que trabajaba la gran parte de la semana, por lo que ella vivía en el colegio. Sus sueños: Quería estudiar veterinaria, trabajar lo suficiente para que su padre no tuviera que viajar más...y tener una Barbie. Estaba shockeado. Una niña de nueve años, con la alegría de vivir a flor de piel, me estaba enseñando lo importante de la vida y lo lejano que están ellos de las cosas que tendrían que ser derecho para un niño, pero acá no lo es. El choque de realidades y una triste situación familiar en mi hogar hicieron el resto: esa misma noche me quebré.
Estuve dos días enteros con Bilma, meta charla. Cuando llegué a Buenos Aires, preparé una caja llena de peluches y una pareja de Barbie y Ken. La envié a nombre de Bilma. Al año, con la vuelta de los que viajaron después que nosotros, me llegó la misma caja. Pensé que no la habían podido entregar. Descepcionado la abrí al llegar a casa. Estaba llena de artesanías hechas por la hermana de Bilma y algunas por ella misma. Había una carta, escrita por ella, sin errores de ortografía, en la que me contaba que no podía creer las cosas que hacía por ella. Es increíble lo poco que alcanza para hacer feliz a un niño.
Bilma fue la abanderada desde entonces hasta que terminó la secundaria. Porque pudo llegar. Hoy tiene 19 años. Lo último que supe de ella es que fue a trabajar a La Quiaca. No puede estudiar veterinaria. Aún.
