miércoles, 19 de diciembre de 2012

Somos Nosotros (*)

(*) De mi autoría. Publicada el 9 de noviembre de 2012 en Relato del Presente. 

Para no dar muchas vueltas, limitaré mi experiencia personal a decir que anoche participé con mis amigos de la convocatoria más masiva de la última década. Tan masiva resultó que ni Página/12, ni Tiempo Argentino, pudieron mirar para otro lado. Lamentablemente para ellos, los únicos incidentes que se registraron fueron tan, pero tan aislados, que hasta los propios manifestantes frenaron a los escasos violentos. 

Curiosamente, los que se dedican a interpretar mensajes siguen en una nebulosa gaseosa tremebunda y esto pudo notarse desde la previa. Grosos columnistas de importantes diarios nos contaron de la revolución de unas redes sociales que desconocen y lúmpenes disfrazados de periodistas oficialistas presentaron una investigación trucha para asegurar que tras la organización estaba Magnetto, Duhalde, la Sociedad Rural Argentina, el Partido Liberal Libertario, la Sociedad de Fomento de Villa del Parque, el Centro de Jubilados Golpistas de Boedo y la Fundación para la Investigación de Conspiraciones Destituyentes de Saturno. A estos se sumaron algún que otro político que se peinó para una foto a la cual no estaba invitado -Mauri, antes de apoyar una marcha, preferiríamos que dejes de negociar todas las leyes del kirchnerismo, genio- más D´Elía que trató a la gente de tilingos golpistas,  Aníbal Fernández, que acusó al manifestante de ser una facción derechosa paga; la xenófoba y antisemita Hebe de Bonafini, que pidió que no nos presentemos en un lugar en el que está el neonazi de Biondini; y la siempre pujante lágrima de Cristina afirmando que seguirá hacia adelante, a pesar de las contras.

Lo cierto es que nadie pudo explicar en qué momento se inició esa concatenación de hechos que derivó en esto. Y tiene lógica si pensamos que en 2001 hubo una clase política que temió lo peor para su estilo de vida cuando la gente, con los gobelinos al plato, salió a pedir que se vayan todos, que no quede ni uno sólo. Asambleas barriales, cacerolazos, protestas, escraches a todos los políticos que se cruzaban y cinco presidentes en una semana, saltando por los aires ante la bronca de la gente. Los políticos seguían tan desconectados del mundo que no entendían la bronca popular y llegaban a convocar a funciones a tipos como Carlos Grosso y Matilde Menéndez. Por suerte para ellos, Duhalde les salvó el pellejo a toda esa clase política. Poco tiempo después, nadie se fue, todos se quedaron. El toque final y salvador lo aplicó Néstor Kirchner, al crear una maquinaria tan grande que todos se sentían a sus anchas mientras afirmaban ser la nueva política, aunque este verso saliera de bocas de personajes como Lubertino, Conti, Abal Medina, Béliz, Aníbal Fernández, Deborah Georgi, el Coqui Capitanich y Ginés González. Todos funcionarios de alguno de los gobiernos que transcurrieron entre 1989 y 2001. Todos comandados por un matrimonio tan menemista como los Fassi Lavalle. 

Estos paladines de la nueva política, trazaron un programa de gobierno consistente en chorearse lo que esté a mano, improvisar con la gestión gubernamental, meter parches a donde haga falta y, si estos no alcanzan para tapar todos los agujeros, reventar de épica alguno que otro discurso para que las víctimas de sus políticas gubernamentales se conviertan en victimarios desagradecidos que sólo quieren lo peor para el país. Mientras todo esto pasó, la oposición se dividió entre los que apoyan todas y cada una de las medidas del gobierno sin emitir ni un sonido gutural, y los que no les votan todas las leyes, sino las más controvertidas e importantes, mientras critican al gobierno nacional. 

Ante este panorama, no hay forma de preguntarse cómo la oposición no se dio cuenta de que la gente llegaría a hartarse, si nos prometieron ir a la guerra por la defensa de nuestros intereses y no fueron capaces de tirar ni un Chasquibúm por temor a que Cristina los rete por cadena nacional. Estos mismos dirigentes hoy sostienen que la gente marchó sólo contra el gobierno, y es cierto. Pero eso no les da crédito ni para emitir una sola opinión. Por ahí, muchos de los asistentes no lo sintieron así, pero que personas que never in the puta life participaron de una sola manifestación, se novilicen en defensa de sus intereses, es el síntoma final de una oposición carente de huevos para plantarse y decir no. La bronca es así, dispara al que le está haciendo daño. Y la oposición, en este caso, es el tipo que ve cómo te están reventando a trompadas entre veinte y espera a que termines de defenderte para acercarse, sólo para decirte que si estuvieras con él, no te pasarían ese tipo de cosas.

Gracias, Irene! (No, Irene no es la de la foto)
Anoche, tras la movilización nacional, Victoria Donda sostuvo que la gente reclamó por una alternativa política. Todos los demás coincidieron, palabrás más, palabras menos, en idéntico sentido. No entendieron nada y siguen haciéndole el jueguito a un oficialismo que sostiene la teoría de que no hay que reclamar, sino ganar elecciones, como si el hecho de sacar una mayoría electoral fuera una licencia para robar, y no un mandato popular en el marco de una república, donde existen tres poderes que deben controlarse entre ellos. 

Este resumen de la oposición no es un dato menor, dado que el kirchnerismo, con todas las actitudes agresivas que ha adoptado en los últimos meses frente al reclamo, sí entendió el mensaje. No es que no cazaron una y por eso siguen como si nada. Lo entendieron a la perfección, solo que reaccionan del único modo que saben, o sea, con agresión y auto victimización. Y también tiene su lógica, dado que ante el descreimiento en la política y el creciente número de manifestantes, no les queda otra que recordar que así llegaron ellos al poder: de pedo y con quilombo. Por eso desvían la atención y piden que en vez de quejarnos, ganemos elecciones. ¿Qué elección hay que ganar, si nadie votó para que hagan lo que hacen? Esto va más allá de quienes los votaron porque están a favor de la Asignación no Universal por Hijo, o de la política de subsidios eterna, o el verso que hayan creído por cierto. ¿O acaso alguno de los del mentado 54% votó para que mueran cincuenta y una personas en un choque de trenes, absolutamente previsible si el Estado cumpliera con su rol? ¿Alguno votó para que, ante ese hecho, Cristina se ponga a llorar y en vez de llevar consuelo a las víctimas, grite que ahora van por todo? ¿Alguno depositó su voto en la urna para que, al tercer día consecutivo de calor, salte la térmica de toda el área metropolitana de Buenos Aires?

Entre tanto, Cristina afirma que ella labura para los cuarenta millones de argentinos, mientras que sus subordinados sólo emiten comentarios que dan a entender que -en honor al 54% de los que votaron- pueden pasar por arriba del otro 46% que participó de la elección. O, si sumamos al total de la población, que uno de cada tres argentinos puede hacer lo que quiera con los otros dos restantes. Así es como, en nombre del 54%, hacen lo que se les canta y dan por sentado que ese número es mágico e intangible, cuando desde la última elección han pasado demasiadas cosas. Si restamos el inmenso porcentaje de los votos aportados por los sindicatos hoy enfrentados al gobierno; los de las personas que desde que dejaron de recibir subsidios se dieron cuenta que no estaban mejor económicamente, sino que vivían de la dádiva del Estado; los que dejaron de llegar a fin de mes producto de una paritaria inferior al índice inflacionario oficial; los que vieron cómo el triste aumento salarial fue saqueado por el impuesto a las ganancias; los miembros de todas las fuerzas de seguridad que pasaron de ser los pobres tipos que morían con un sueldo de 2.600 pesos, a ser los nuevos golpistas; los parientes de los muertos en delitos desde octubre pasado; y los que viajan por laburo y son tratados como turistas ricachones al recibir sólo 100 dólares por quince días en el extranjero, uno tiene la sensación de que, de aquel 54%, sólo quedan los tres mil monitos que se juntaron en Parque Lezama para recordar al Nestornauta al lado de Boudou. 

Al resto del país, no nos importó nada. No nos preocupó el calor agobiante, no nos importó la Pando, no nos importó Biondini, no nos importó Macri, no nos importó Altamira, no nos importó que nos tiraran falsos correos electrónicos alertándonos de posibles disturbios, no nos importó que nos llamen gorilas, golpistas, destituyentes, oligarcas, cipayos, vendepatrias, derechosos, fachos, corporativistas, anti democráticos, egoístas, ricachones, clase mierda, inconformistas, blanquitos, bienvestidos, señoras de Recoleta, clarinistas y procesistas. Porque cuando la gente se harta, no le importa nada y hasta es capaz de salir de la oficina, después de laburar nueve horas, para ir con ropa de laburo, en subte, con 38 grados de térmica, a pisar el asfalto en el punto más caluroso de la ciudad de Buenos Aires, sólo para decirle al gobierno que ya no se puede joder tan barato en nombre de los pobres. Pobres que, dicho sea de paso, el gobierno quiere tanto, pero tanto, que hace nueve años que los mantiene así: pobres.

Nosotros somos los corporativistas vendepatria, ellos son los que entregan los únicos recursos no renovables que tiene el país a corporaciones extranjeras. Nosotros somos los destituyentes, ellos son los que quisieron hacerle un juicio político a Scioli a tres meses de volver a ganar la gobernación. Nosotros somos los oligarcas, ellos son los únicos con derecho a forrarse en guita. Nosotros somos los  fachos, ellos son los que corren a los tiros a los que se atreven a meterse con las mineras. Nosotros somos los anti patria, ellos son los que reprimen a los veteranos de guerra. Nosotros somos la clase mierda, ellos son los resentidos que se olvidaron de dónde vienen. Nosotros somos los tilingos, ellos son los que se mean sólo porque están frente a la Presidente. Nosotros somos los egoístas que queremos ahorrar mientras hay pobres, ellos son los que la levantan con pala mecánica sin poder justificar ni un centavo. Nosotros somos las señoras de recoleta, ellos son los chetos de Puerto Madero. Nosotros somos la clase empresaria que no piensa en Argentina, ellos son los que votan a hoteleros. Nosotros somos los que no cuidamos al país, ellos son los que dilapidan la guita de los jubilados manteniendo empresas quebradas y administradas por tipos que cobran tres sueldos. Nosotros somos los golpistas, ellos son los que se cagan en el concepto de república. Nosotros somos los que nos quejamos de llenos, ellos son los que nunca están satisfechos con la que hicieron.

Somos todo lo que digan, pero anoche les reventamos la calle en todo el país y hasta le plantamos treinta mil personas a Cristina en la quinta de Olivos. Sin plata, después del laburo, con calor, sin micros, y siendo víctimas de todos los agravios habidos y por haber, les reventamos la calle.

Y eso les duele. 

Y mucho.



Viernes. Digan lo que digan, la de anoche fue una gran noche. Y fue nuestra noche.

viernes, 2 de marzo de 2012

Exasperada (*)

(*) Publicada originalmente en Relato del Presente el 28 de febrero de 2012

Cuando Mario Benedetti afirmaba que pocas cosas eran tan ensordecedoras como el silencio, probablemente nunca tuvo en cuenta a una mujer visiblemente alterada, de lágrima fácil, con la pretensión de cantar sin pegarle a una nota en una melodía futbolera sobre la gloriosa Juventud Peronista. Bastante irrita escucharla tararear sobre los fusilamientos, los desaparecidos y los compañeros muertos, cuando bien sabido es que, por aquellos años que recuerda la melodía pegadiza, ella vivía de la usura espantosa bajo el amparo del amiguismo con el gobierno dictatorial. Sin embargo, eso quedaría en un segundo plano ante otro ridículo. 

A pesar de mi casi patológica costumbre de escuchar todos y cada uno de los ¿discursos? que da la Presi, debo reconocer que la bestialidad de ayer me descolocó. A grito pelado refirió que Belgrano era su favorito, para luego pedir abrazos, cual Teletubbie, porque ya no lo tiene a él para que la abrace. Totalmente sacada, hizo una mezcolanza nerviosa, un popurrí violento con retazos de -lo que ella cree que son- sus grandes éxitos oratorios: llamar colonialistas a los ingleses, recordar que su marido se le plantó al Fondo Monetario Internacional -pagando cash y sin chistar hasta el último centavo- defender la maravillosa industria de producción nacional, la asignación universal por hijo. También nos echó en cara que no fueron los bancos los que tuvieron que pagar los Boden 2012, sino su gobierno, como si esto fuera algo para festejar y no el mero cumplimiento de una obligación contraída por Néstor (los últimos 450 millones fueron emitidos en 2005 y adquiridos en su totalidad por Venezuela, por lo cual, tanto gritito sobreactuado fue al pedo: no fuimos los argentinos los beneficiados, fue Chávez). 

Acelerada, la mujer que puede adquirir propiedades en Puerto Madero a dólar limpio y cuyo marido jugaba a la cotización para comprar uno o dos palitos más, nos cagó a pedos por no ser solidarios con aquellos que nunca vieron un dólar, afirmando que esas son las acciones que querrían Belgrano y San Martín, pero que Néstor las hizo. De tamaño asesinato a la historia y memoria de nuestros más grandes hombres, puede desprenderse que el verdadero sueño de Belgrano era armar discursos mientras entregamos nuestros recursos naturales a las potencias extranjeras y que aquella Argentina grande con que San Martín soñó consistía en endeudarnos hasta las tetas con la patria de Simón Bolívar. 

Luego de estas maravillosas palabras, la señora Presidenta se refirió -finalmente, luego de cinco días y doce horas- al choque de la formación del Sarmiento en la estación Once de Septiembre. Primero pasó el chivo de la tarjeta SUBE, al afirmar que le costó tres años implementarla -hace tres años había dicho que con noventa días alcanzaba y sobraba- para poder controlar el sistema de subsidios. Mentira cochina. Controlar en qué se van los subsidios es tan fácil que puede leerlo en cada decreto que firma, en cada proyecto de presupuesto, en un informe De Vido, en leer alguno de los informes de la Auditoría, en prestar atención a todos y cada uno de los accidentes absolutamente evitables que hubo con los ferrocarriles en los últimos años, en vez de buscar culpables cuando la gente se harta y prende fuego los trenes. 

Como nosotros somos unos tipos tremendamente afortunados que nunca sufrimos una pérdida de algún ser querido, nos dijo que es feo que se te muera alguien. Como si perteneciera a la oposición y no fuera gobierno, nos contó la historia de tres personas que ya eran víctimas de su modelo, para terminar hablando de Lucas y sus padres, pero no desde el rol de Jefa de Estado, sino desde una mujer que se emocionó "porque una madre nunca deja de buscar a sus hijos". Prometió tomar las medidas necesarias recién cuando la justicia determine quiénes son los culpables. Le exigió a la justicia que se tome no más de quince días para dirimir quién es el culpable, también le exigió a los medios que no digan que le exigió nada a la justicia. Y en el apogeo de su espíritu opositor al gobierno, dijo que los cuarenta millones de argentinos necesitan saber quiénes son los culpables. Como si no los supiéramos, ya. 

Desde el discurso fácil, pidió que no esperemos de ella discursos fáciles. Desde el anuncio populachero de hacer justicia, nos advirtió que no tomará medidas populacheras. Desde la utilización de la tragedia para victimizarse, puteó a los que utilizan la tragedia para atacarla y pidió que utilicemos cualquier cosa, menos la muerte, que parece que es propiedad privada de Presidencia de la Nación. Su vestido negro tiene copyright y la única que puede hablar de muertos es ella. 

Todavía no entendió que no jodemos con la muerte. Aún no se notificó que lo que da bronca no es la muerte en sí, si no que a ella y a su Gobierno le importaran tan, pero tan poco que algún día pasara lo que pasó. No puede decir que nadie le avisó, no puede decir que fue sólo una tragedia. No somos nosotros los que jodemos con la muerte, es la puta muerte que se empecina en jodernos a nosotros, ayudada por la excesiva presencia de un Estado tan estúpido que es peor que si no estuviera. ¿A esto le llaman intervenir en la economía? ¿A esto le dicen Estado fuerte? ¿A esto le dicen un Estado grande? Creo que el Estado creció mucho, pero de golpe. Es como un adolescente que pega un estirón de veinte centímetros en un año: no para de mandarse cagadas. Acá no se ha utilizado la muerte con fines políticos. Acá, directamente, se usó a un muerto como leit motiv de campaña electoral. ¿Y somos nosotros los que utilizamos la muerte con fines políticos? No hay bajeza más inhumana que cagarse en la muerte de cincuenta y un personas bajo el amparo de no joder con los muertos. No hay silencio más asesino que callarse la boca ante la desidia de un gobierno que reparte entre amigos cagándose en los que mueven ese mercado interno que permite que este país sobreviva no gracias al kirchnerismo, sino a pesar del kirchnerismo. No existe acto más despreciable que sostener que putear al gobierno por no hacer lo que dice que tiene que hacer, es utilizar a los muertos con fines políticos. 
Las mujeres que desfilaban en círculos alrededor de la Plaza de Maya reclamando por aparición con vida de sus hijos en 1978, no hacían utilización política de la muerte. Los cientos de padres de las víctimas del incendio de Cromañón no hicieron utilización política de la muerte de sus hijos, aunque muchos crean que cargarse a un Jefe de Gobierno que no hizo lo que tenía que hacer, sea forrear a los muertos. Una cosa es hacer política y otra es la utilización con fines políticos. Una familia llamando mentirosa a Nilda Garré, no está utilizando a su hijo muerto con fines políticos, está haciendo política, y es sano. Un padre que pide la cabeza de un funcionario por el asesinato estúpido de su hijo, no está utilizando a su muerto con fines políticos, está haciendo política, sin quererlo, pero sin utilizar otra cosa que lo único que vale para hacer política: la idea de que algo está mal, que algo no funciona y que hay que cambiarlo. 

No es lo mismo, gente, no es para nada igual utilizar un muerto para hacer política que reclamar la eliminación de la cadena de factores que produjo esa muerte evitable. Es política, no utilización. No es lo mismo vivir del subsidio eterno por el hecho de haber perdido un pariente hace cuarenta años, que militar, romper las pelotas, reclamar, molestar para que cambien las cosas. Es radicalmente distinto. Y eso es algo que Cristina nunca podrá entender. 

En su discurso hay siempre una constante. Todo es porque él así lo habría querido. Todo es por él. Néstor se ha convertido en autosuficiente. Ni siquiera se lo utiliza como metro patrón -si así fuera, daría la sensación de que este es un gobierno antikirchnerista- sino que todo tiene razón de ser en Néstor. El ajustazo fino no es a efectos de corregir el bolonqui de las cuentas fiscales, sino que es la profundización del camino que él inició. En un idéntico -y perverso- sentido, no hay que atacarla porque es una inoperante que pasa más tiempo paseando el perro por Calafate y hablando por cadena nacional que resolviendo los problemas de los argentinos: tan sólo no hay que atacarla por que él pidió que la cuiden. Si eso no es utilizar a un muerto con fines políticos, no sé qué carajo sí lo es. 

Pero Cris no la entiende. Si Schiavi se ganó el repudio por haber afirmado que la culpa es de la cultura argentina que nos lleva a movernos al primer vagón para bajar antes sin tener en cuenta que la misma gente que viaja en el primer vagón también viaja en el último, si Garré nos insultó a todos al comunicar que Lucas murió por viajar en un lugar prohibido sin considerar que subió por la ventanilla y ese era el único lugar que encontró para respirar, si Abal Medina demostró que era una gran ventaja no abrir la boca al sostener que "los muertos están muertos" como toda defensa, Cristina se sumó a la ola de la justificación infantil al decir que viaja mucha gente porque hay trabajo. 

A veces entiendo la confusión de muchos seguidores del oficialismo. Si ella, que en los noventa laburó -y mucho- por la privatización de YPF, puede quejarse abiertamente porque no entiende cómo puede ser que tengamos que importar diez mil millones de dólares en combustibles ¿Qué le queda al resto? Si ella, después de nueve años en la primera fila de quienes toman las decisiones del país no lo entiende ¿Quién quiere que se lo explique? ¿A quién le echa la culpa, a Dios? 

Así fue como un acto por el bicentenario de la creación de la enseña patria derivó en una manifestación pública de utilización de los muertos con fines políticos. Eso es lo que pasa cuando no hay excusas, cuando no hay ideas, cuando no hay otra forma de sobrevivir que patear la pelota afuera. Lindo homenaje para el General Belgrano. Porque por más que insistan en llamarle una y otra vez doctor, no podrán borrar jamás que las páginas más gloriosas de nuestra historia, Belgrano las escribió como General. Quizás, el cambiazo haya sido producto del resentimiento hacia todo lo que tenga uniforme y que paguen justos por pecadores. Tal vez, esa costumbre de llamarlo doctor a cada rato, tenga más que ver con esa innecesaria comparación de lo que no pudo hacer Belgrano y sí pudo Néstor. Lo más probable es que sólo se trate de buscar una forma más de dejar una huella en la historia. No hay nada más fácil que moldear la historia, ya pasó, ya fue, ya existió. Lamentablemente, lo que nunca podrán es trastocar los resultados. Y el resultado de la lucha de Belgrano no es esta Argentina de cuotas y tarjeta SUBE. Pero Cristina cree que la mejor forma de rendir homenaje a Belgrano es utilizar su muerte con fines políticos. Una más, y van. 

Tal vez es la forma de justificar un gobierno fundado en la retórica de los buenos deseos, de la victoria vaya a saber uno para qué, de la fuerza como único motivo sin darse cuenta que la fuerza es necesaria para alcanzar un fin. Pero tenemos Frente para la Victoria y tenemos la fuerza. La fuerza de vivir en un país donde el gobierno puede espiar opositores pero no puede encontrar un cuerpo en un tren vacío. La fuerza de ser ciudadanos en un lugar donde los perros policiales se usan para perseguir a compradores minoristas de dólares, pero no para situaciones de catástrofe. La fuerza de habitar un territorio donde la ley te puede considerar terrorista por opinar distinto, pero en un hecho provocado por la corrupción, queda el 60% de las víctimas del atentado terrorista de la AMIA. La fuerza de estar gobernados por unos impresentables que dicen que utilizamos a los muertos con fines políticos mientras repiten una y otra vez que esto es gracias a la fuerza de Él.

Martes. "A quien procede con honradez, nada debe alterarle" decía un buen hombre hace un par de siglos. 

viernes, 20 de enero de 2012

Realidad Paralela (*)


Mañana se cumplen diez años de la devaluación. Una década del acta de defunción de la convertibilidad. Por aquellos años en los que pedíamos a gritos que se vayan todos porque nos limitaron la disponibilidad monetaria a 250 pesitos semanales -250 dólares, 280 euros- nos tuvimos que conformar con retirar 250 pesitos, pero con el dólar a 2,90. Entonces, para que la debacle inflacionaria y la miseria no fuera aún peor, se congelaron tarifas de servicios públicos y se renegociaron las concesiones de los servicios ferroviarios. La idea origial de los subsidios era que existieran mientras se normalizaba la economía, para luego ir reduciéndolos paulatinamente. No pasó.


En cambio, los precios se mantuvieron congelados, como botón de muestra de lo que sería la economía de los años venideros. Todo lo que podía subir, se subsidiaba. Si el subsidio no alcanzaba, se prohibía el aumento. Lamentablemente para la ilusión kirchnerista, hay determinadas variables que no se pueden dominar. Si el dueño de una estación de servicio deja de tener rentabilidad, la cierra. Hoy es más fácil encontrar un puterío que una estación de servicio abierta. Del mismo modo que se congelaron los precios de los combustibles, también se petrificaron las boleterías de los trenes y las máquinas expendedoras de boletos de los colectivos en la zona metropolitana de Buenos Aires y su conurbano. El resultado, por más notable que sea, no deja de ser estúpidamente obvio: el servicio metropolitano de transporte se encuentra destruído, las estaciones de servicio han desaparecido, la industria nacional consiste en productos pedorros o rompecabezas de frabricaciones extranjeras, y el aniquilamiento del autoabastecimiento energético.

En 2004, cuando el retraso tarifario interno obligaba a Metrogás a colocar parte de su producción en el exterior con el objeto de financiar a la empresa, el Gobierno decidió enchufarles una módica retención del 45%. El resultado inmediato fue una interrupción en el proceso de exploración. En aquel entonces, las reservas de gas se proyectaban a diecisiete años. Meses después, se redujo a tan sólo nueve. Un año después, comenzamos a importar. En 2005, se rehabilitó la conexión del gasoducto boliviano para importar gas de nuestro vecino y poder abastecer el mercado interno. Para terror de los militantes Nac&Pop, el gasoducto transnacional se había cerrado porque Argentina había alcanzado el autoabastecimiento. Fue en 1999. El costo de esta importación -el Evo no hizo, precisamente, precio de amigo- llevó a que en 2008 empezáramos a importar gas licuado a pesar de ser productores, un récord que no sé si da para festejar.

Hace unos meses, cuando el dúo Boudou-De Vido anunciaron la quita de los subsidios, empezaron las campañas de los mamertos filokirchneristas que, mediante spots televisivos, nos contaban que ellos habían renunciado a los subsidios a los servicios, porque era un deber patriótico, como si pagar lo que corresponde por calentar la pava para el mate estuviera a la altura de resistir a la armada franco-aglosajona en la Vuelta de Obligado. Esta semana, las facturas de gas comenzaron a llegar con un aumento del 250%...y todavía no le quitaron los subsidios. ¿Motivo? El costo de la importación de gas. 

Un mes después, se desprendieron del sistema metropolitano de trenes subterráneos, entregándolos a la Ciudad de Buenos Aires sin subsidios. Negociaciones van, puteadas vienen, se arregló un 50% de los subsidios por un año o el 100% por seis meses. Macri decidió mandar el pasaje del subte a $2,50 y estalló la alegría del kirchnerismo porteño, que pretendió hacerse una fiesta con la medida, a la que calificaron de "tarifazo". Pobre de mí, que pensé ver a Fontova, Dolina y Carla Comte renunciando a pagar 1,10 el pasaje del subte, y me encontré con que un aumento por quita de subsidios a los servicios domésticos era un acto patriótico, y en cambio un aumento por quita de subsidios en el subte, es un tarifazo en contra de la ciudadanía. 

Como usuario cotidiano del subte, el sablazo de un 125% de aumento, me duele, pero tampoco puedo ser tan estúpido de suponer que se puede conservar el costo del pasaje a veinticinco centavos de dólar, cuando históricamente costó el triple. Cualquiera que se tome un subte o un tren sabe bien que hasta hoy se viajaba por menos de un pesito, dado que cinco de cada diez viajes eran gratis porque no funcionaba la maquinita, porque no tenían cambio o porque faltaba alguien. Todo esto se debe al enviciamiento de los subsidios: en cada paritaria, las patronales otorgaron sin chistar el aumento que el gremio pidiese, total, el aumento de costos lo trasladaban a los subsidios. Si de la recaudación dependieran los salarios de los trabajadores, los boleteros fabricarían las monedas, arreglarían las maquinitas e irían a laburar con hemorroides.  

La reestructuración tarifaria no me da bronca, ni me asusta: me genera expectativa. Cuando el bondi esté a tres pesos, el subte a cinco, la nafta a ocho pesos, un departamentito de cuarenta metros cuadrados pague cientocincuenta de gas y doscientos de luz, cuando todos los aumentos repercutan en los costos de producción y sean trasladados a los precios de alimentos e indumentaria, ahí veremos qué tan maravillosa fue la bonanza económica del modelo kirchnerista. Cuando se necesiten cinco lucas para no caer en la indigencia, veremos. Como en una relación enfermiza, donde no se quiere ver la realidad, el sinceramiento duele. Tal vez encontraron, finalmente, el portal que une la dimensión real -en la que ellos dicen vivir- y la dimensión paralela, en la que dicen que vivimos el resto. 

Por lo pronto, seguiremos viendo por televisión el festival oncológico oficialista, con la muchachada cantando "acá tené lo pibe' para la extremaunción" y las Madres de Plaza de Mayo agradeciendo a los trabajadores de Escrivá por haber cuidado de la Presi. Es un evento sociológico único, con el pobrerío arrastrado por Ishii desde José C. Paz contando por televisión que a la Presi la siguen a todos lados en un acto de sacrificio laboral sin precedentes, contrastando sus flacuras y dentaduras poco pobladas con las pancitas bien alimentadas -y bien vestidas- de los camporitas, que a esta altura se han convertido en una PyME destinada a la animación de velorios y postoperatorios. 

Mientras la militancia prepara una movilización de apoyo y aguante a la Presi para el tratamiento de conducto al que será sometida el mes que viene, Todo Noticias anuncia una y otra vez que el pronostico de Cristina es alentador, con lo que no se entiende bien si es que la viuda la zafa, o ya reciben palmas y coronas. Entre tanto, Boudou no pierde el tiempo y ya le sacó a De Vido el manejo del correo y tiene la lapicera afilada para seguir firmando. Si Alsogaray nos viera...
Por suerte, nadie se pregunta -todavía- algo incómodo: ¿Y si decidiera extender sus vacaciones por tiempo indeterminado? 

Jueves. Feliz Epifanía para todos. Y recuerden que nunca dejamos de ser pobres, sólo nos subsidiaron la supervivencia. ¿El modelo? Son los padres.

(*) Nota del autor publicada originalmente en Relato del Presente el 5 de enero de 2012.

martes, 10 de enero de 2012

Recuerdos del Huracán (*)

Diciembre había arrancado caldeado. El primer día hábil del mes, nadie pudo sacar más de 250 pesos. Siendo, por aquel entonces, empleado judicial de la provincia de Buenos Aires, la restricción me importó poco y nada: hacía varios meses que percibía mi sueldo en Patacones. 

Al vivir en Capital, ir a laburar a Lomas de Zamora era toda una aventura por aquellos días. Ahora también lo sigue siendo, pero Camino Negro no era lo que es hoy. Además de no tener luces, era angosto, con semáforos que funcionaba cuando la municipalidad quería y uno tenía que ir con el auto esquivando caballos que cruzaban a buscar pasto del otro lado. Ahora que lo pienso bien, no cambió mucho, sólo lo ensancharon. 

El lunes 17, al llegar a mi laburo, me encuentro con los partes preventivos del juzgado de al lado -informes mal redactados y con errores de ortografía que envían desde las seccionales cuando toman parte de un hecho- entre los cuales había uno que me llamó la atención: habían saqueado tres supermercados. Y cuando digo saqueo, me refiero a la mayor dimensión posible. No habían dejado ni los motores de los refrigeradores. Lo que podían llevarse, lo llevaron. Lo que no, lo rompieron. El desprecio por el laburante -¿Acaso un comerciante no es eso, también?- era notorio y así comprobamos que lo que había pasado en Rosario unos días antes, se generalizaba en todo el país. Finalizada la jornada, emprendí mi vuelta a casa. Camino Negro ya no estaba tan negro. Una sucesión de fogatas habían iluminado el trayecto desde Larroque hasta el puente de la noria y la gente se congregaba alrededor de las mismas, sin cortar la ruta, demostrando su presencia, nada más.


El martes 18, al tomar el camino hacia la parte de Banfield que nadie quiere conocer, las fogatas se habían multiplicado. La gente presente, también. En el Juzgado las caras de preocupación abundaban. El Secretario, tan joven e inexperto como brillante, comentaba sobre el programa de la medianoche anterior de Daniel Hadad -tenía uno en América, si mal no recuerdo, llamado "Después de Hora"- y repetía preocupado lo que había aumentado el riesgo país. El Oficial Mayor, al borde de la jubilación, le respondía que todo se iba al carajo y que Hadad era un mercenario, mientras le jugaba las cuatro cifras del riesgo país a la cabeza. Perdió. Antes de retirarnos a nuestros domicilios, el Juez nos llama a todos los "extranjeros" -los que no vivíamos en Lomas- para informarnos que al día siguiente esperáramos el llamado del Secretario antes de emprender el viaje a Tribunales.

Como la suerte siempre me lleva a vivir momentos interesantes, olvidé el celular en la oficina. Así fue que el miércoles 19 de diciembre de 2001, a las siete de la matina, tomo un Camino Negro con piquetes que restringían el tránsito a un sólo carril por mano. Debo confesar que la mirada amenazante de la muchachada intimidaba a cualquiera. Al llegar al Juzgado, el Secretario me insulta de arriba a abajo por pelotudo y me sugiere de un modo poco amistoso que me retire ya mismo a mi hogar hasta nuevo aviso. Era demasiado tarde.

Camino Negro ardía, la Policía que intentaba poner orden era corrida con fuego -de verdad- y opté por la opción más suicida, por lo que me metí con mi auto por Villa Albertina rumbo a Camino de Cintura, con la esperanza de encontrarlo en mejor estado. La radio transmitía constantemente las novedades del momento, mientras yo me sumía en una hilera eterna de automóviles practicando turismo aventura por las calles de tierra. Fue en ese momento en que un hombre golpea la ventanilla de mi auto y me ofrece tres conejos por diez pesos. Y me los mostraba, carneados, ideales para hacerlos a la cazadora. 

En Camino de Cintura el panorama no era muy distinto, pero al menos se podía circular a paso de hombre. Al llegar a La Tablada, escuché por radio a un locutor afirmar que los saqueos eran producto del hambre, mientras mis propios ojos veían como del Auchán ubicado a mi derecha, retiraban televisores, equipos de música, microondas y otros electrodomésticos. Supuse que de tanto hambre la gente se había acostumbrado a comer placas de video, microchips y cables, y continué viaje esquivando patrulleros, carritos de supermercado, cubiertas incendiadas y otros obstáculos. Ocho horas después de salir de Lomas de Zamora, conseguí llegar a mi hogar en Flores, para comprobar el contestador automático plagado de mensajes de mi hermano, quien me anoticiaba que en la zona noroeste del conurbano el panorama se había puesto tan fulero que quedó refugiado en la casa de unos amigos en Tortuguitas. Bondis no había y el tren era lo más parecido a un suicidio. Tomé el auto y fui a buscarlo. 

La puta radio contaba que el Congreso seguía aprobando leyes -iban más de quinientas en una semana- y los movileros daban cuenta que la marea de saqueos alcanzaba a todo lo que considerábamos civilización. Tomé la panamericana y duré poco: habían dado vuelta un camión frigorífico y varios cargaban en sus hombros una media res, mientras dos pibes parados en la caja del camión volcado disparaban sus pistolas al cielo. Grave error cometí al creer que avenida Márquez estaría más tranquila, ya que encontré otro grupo de zombies cometransistores saqueando un camión de una cadena de electrodomésticos -no recuerdo bien, pero creo que era Rodó- mientras los patrulleros pasaban a la mayor velocidad posible con rumbos más urgentes, supongo. 

Los informes del tránsito que vomitaba la radio se resumían en "todos moriremos a la medianoche", por lo que uno los podía armar de acuerdo a las noticias de los saqueos. Por ejemplo: piquete en Márquez y Roca, vuelta en "U" y derechito hasta Márquez y Libertador. Medio conurbano después, al tomar Libertador la radio informa que están incendiando un ovni en el ramal Tigre de la panamericana, por lo que se sigue por donde se puede hasta la 197. Despejado, fantástico, le pego derecho hasta ruta 8. No, en Ruta 8 están saqueando un mayorista, vuelvo a panamericana. La gente se manda en contramano por la autopista, mandémonos en contramano, no más, que en la mano contraria interceptaron un camión de vacunos y están guiando a los animales hacia los mataderos hogareños. 

Luego de recoger a mi hermano, siendo ya de noche, la radio nos escupe que De La Rúa, rapídisimo de reflejos, tardó 72 horas en decretar el Estado de Sitio, pasando por arriba del Congreso y violando la Constitución Nacional. La cámara de diputados le respondió con la eliminación de los superpoderes. En los parlantes del auto se escucha "a partir de este momento transmite LRA1" y chupete nos cuenta que la culpa es de cualquiera, que todos son violentos y que pronto retomaremos el camino del crecimiento. Subir a la panamericana de regreso fue lo más parecido a Mad Max que pude presenciar en mi vida. Autos en llamas, camiones volcados, vacas sueltas y el cielo iluminado por las fogatas pintaban un panorama desolador. Nuestras familias nos llamaban preocupadas y sabía que debería viajar a casa con lo puesto. 

Avenida Lugones. Bajar en 9 de julio era el suicidio asegurado y Buenos Aires flotaba en furia. El puerto oscuro en la medianoche parecía un camino paradisíaco. Mientras en Plaza de Mayo se congregaba una multitud de violentos, desestabilizadores y golpistas, una oficina de Comodoro Py permanecía iluminada. Servini de Cubría estaba de turno. La radio nos avisa que Cavallo acaba de renunciar justo cuando la autopista a La Plata nos aleja del caos y nos promete el reencuentro con nuestros seres queridos en mi  Mar del Plata, que también era un caos, pero al lado de Buenos Aires, parecía un oasis. 


Volver a Baires era más divertido. De la Rúa había renunciado y el Adolfo era Presidente, anunció el default, fue aplaudido por todos, convocó a Grosso por el currículum y no por el prontuario, y a Matilde Menendez ni la llegó a nombrar. La gente se pone nerviosa, el Adolfo convoca a una reunión urgente de gobernadores peronistas, Reutemann y Kirchner pegan el faltazo, el Adolfo renuncia. Año nuevo nos trajo como regalito a Eduardo Duhalde de Presidente y los reyes magos nos ofrendaron la devaluación asimétrica el 6 de enero. 

No soy de recordar esos tiempos muy a menudo, dado que no los tengo almacenados con cariño. Sin embargo, los aniversarios redondos nos obligan, sin quererlo, a rememorarlos aunque no lo querramos. No estoy de acuerdo con que haya sido la peor crisis económica de la historia argentina. Quizás los números son crueles, pero el impacto de aquellos tiempos fue aún mayor porque la crisis económica se conjugó con la crisis social y la crisis política. El voto bronca fue la estrella del país tan sólo dos meses antes de la caída de De La Rúa, el "que se vayan todos, que no quede uno solo" se convirtió en el hit del verano y el cartoneo era la salida laboral más pujante.

Diez años después, muchos sostienen que, a pesar de todo, estamos mejor. A mi humilde entender, creo que nos acostumbramos. La crisis económica no terminó nunca, ni siquiera en los papeles y hasta el mismo congreso la prorroga año a año, a pedido del Poder Ejecutivo. La crisis política jamás pasó de moda y no es tan solo patrimonio del peronismo, donde los opositores de ayer, hoy son oficialistas y los oficialistas de hace un par de semanas, hoy son opositores. Un radicalismo que no consigue llamar a una tregua interna sin que salga Leopoldo Moreau a oponerse, eternizando la interna que viven desde la revolución del parque, un socialismo que está a favor o en contra de las medidas del gobierno, dependiendo de cómo reaccione la gente, y el PRO que no quiere ser oposición. Y la crisis social que nunca se fue, ni se calentaron en combatirla. Comprar a los piqueteros no dio resultado, sólo permitió que haya una fuerza de choque paraestatal que permitiera recuperar la Plaza de Mayo. El odio hacia el que tiene lo que el otro desea, nunca mermó. La violencia delictiva es fruto de este odio, más allá de la droga, la pobreza, la educación y el resto de las boludeces que digan los progresistas de cotillón para justificar al delincuente frente a la sociedad que lo margina. La falta de respeto hacia el que tiene algo, así haya laburado horas extras en tres empleos durante diez años, radica en el odio y la permisividad del Estado, culposo de reprimir lo que no puede evitar. El saqueo del 2001 se institucionalizó y ya no es necesaria una horda para vaciar un supermercado. Cualquier pibe es una PyME en potencia y cualquier boludo que circule por la calle y aparente llegar a mitad de mes, es una fuente de producción.  

Ayer Victor Hugo Morales mostraba en su programa de Canal 9 un informe con "postales desde el infierno". La misiadura que pretendía demostrar, no hacía falta ir a buscarla a ningún archivo de hace una década. Con sólo filmar el Paseo Colón de noche, alcanzaba. Con recorrer cualquier villa, sobraba. Y con visitar Tucumán y buscar algún niño desnutrido como la que nos asustó por televisión aquella vez, tenían material para hacer un especial de tres meses, veinticuatro horas en continuado. 

Una década después, los salariazos de las paritarias apenas alcanza para correr atrás de la inflación, con lo que los trabajadores reciben hoy el aumento que necesitaban el año pasado. Dos lustros después, sigue haciendo falta la implementación de planes sociales para paliar infructuosamente la miseria de los sectores más vulnerables. Ciento veinte meses después y cualquiera que desee comprar dólares es considerado un terrorista que practica la fuga de divisas para desestabilizar al gobierno. Quinientas veinte semanas transcurridas y la pobreza nos sopapea en cada esquina, debajo de cada puente, en el pasillo de cualquier subte. Tres mil seiscientos cincuenta y dos días y todavía utilizan los números macroeconómicos para decidir si estamos bien o estamos mal, mientras la desnutrición continúa en su costumbre de hacer estragos. Sin embargo, varios pibes que por aqullos años ni se enteraban de qué sucedía puertas afuera de sus departamentos, hoy creen que salimos de un infierno que nunca conocieron y nos putean por no entender lo bien que estamos.

A grandes rasgos, nada cambió. Nada, sólo nos acostumbramos. Treinta y nueve muertos y cientos de heridos al pedo. Diez años al pedo.




Lunes. Una buena mentira maquillada, no deja de ser una falta de respeto, un chamuyo en continuado, un relato del presente.)

(*) Nota del autor, publicada originalmente en Relato del Presente el 19 de diciembre de 2011.