viernes, 20 de enero de 2012

Realidad Paralela (*)


Mañana se cumplen diez años de la devaluación. Una década del acta de defunción de la convertibilidad. Por aquellos años en los que pedíamos a gritos que se vayan todos porque nos limitaron la disponibilidad monetaria a 250 pesitos semanales -250 dólares, 280 euros- nos tuvimos que conformar con retirar 250 pesitos, pero con el dólar a 2,90. Entonces, para que la debacle inflacionaria y la miseria no fuera aún peor, se congelaron tarifas de servicios públicos y se renegociaron las concesiones de los servicios ferroviarios. La idea origial de los subsidios era que existieran mientras se normalizaba la economía, para luego ir reduciéndolos paulatinamente. No pasó.


En cambio, los precios se mantuvieron congelados, como botón de muestra de lo que sería la economía de los años venideros. Todo lo que podía subir, se subsidiaba. Si el subsidio no alcanzaba, se prohibía el aumento. Lamentablemente para la ilusión kirchnerista, hay determinadas variables que no se pueden dominar. Si el dueño de una estación de servicio deja de tener rentabilidad, la cierra. Hoy es más fácil encontrar un puterío que una estación de servicio abierta. Del mismo modo que se congelaron los precios de los combustibles, también se petrificaron las boleterías de los trenes y las máquinas expendedoras de boletos de los colectivos en la zona metropolitana de Buenos Aires y su conurbano. El resultado, por más notable que sea, no deja de ser estúpidamente obvio: el servicio metropolitano de transporte se encuentra destruído, las estaciones de servicio han desaparecido, la industria nacional consiste en productos pedorros o rompecabezas de frabricaciones extranjeras, y el aniquilamiento del autoabastecimiento energético.

En 2004, cuando el retraso tarifario interno obligaba a Metrogás a colocar parte de su producción en el exterior con el objeto de financiar a la empresa, el Gobierno decidió enchufarles una módica retención del 45%. El resultado inmediato fue una interrupción en el proceso de exploración. En aquel entonces, las reservas de gas se proyectaban a diecisiete años. Meses después, se redujo a tan sólo nueve. Un año después, comenzamos a importar. En 2005, se rehabilitó la conexión del gasoducto boliviano para importar gas de nuestro vecino y poder abastecer el mercado interno. Para terror de los militantes Nac&Pop, el gasoducto transnacional se había cerrado porque Argentina había alcanzado el autoabastecimiento. Fue en 1999. El costo de esta importación -el Evo no hizo, precisamente, precio de amigo- llevó a que en 2008 empezáramos a importar gas licuado a pesar de ser productores, un récord que no sé si da para festejar.

Hace unos meses, cuando el dúo Boudou-De Vido anunciaron la quita de los subsidios, empezaron las campañas de los mamertos filokirchneristas que, mediante spots televisivos, nos contaban que ellos habían renunciado a los subsidios a los servicios, porque era un deber patriótico, como si pagar lo que corresponde por calentar la pava para el mate estuviera a la altura de resistir a la armada franco-aglosajona en la Vuelta de Obligado. Esta semana, las facturas de gas comenzaron a llegar con un aumento del 250%...y todavía no le quitaron los subsidios. ¿Motivo? El costo de la importación de gas. 

Un mes después, se desprendieron del sistema metropolitano de trenes subterráneos, entregándolos a la Ciudad de Buenos Aires sin subsidios. Negociaciones van, puteadas vienen, se arregló un 50% de los subsidios por un año o el 100% por seis meses. Macri decidió mandar el pasaje del subte a $2,50 y estalló la alegría del kirchnerismo porteño, que pretendió hacerse una fiesta con la medida, a la que calificaron de "tarifazo". Pobre de mí, que pensé ver a Fontova, Dolina y Carla Comte renunciando a pagar 1,10 el pasaje del subte, y me encontré con que un aumento por quita de subsidios a los servicios domésticos era un acto patriótico, y en cambio un aumento por quita de subsidios en el subte, es un tarifazo en contra de la ciudadanía. 

Como usuario cotidiano del subte, el sablazo de un 125% de aumento, me duele, pero tampoco puedo ser tan estúpido de suponer que se puede conservar el costo del pasaje a veinticinco centavos de dólar, cuando históricamente costó el triple. Cualquiera que se tome un subte o un tren sabe bien que hasta hoy se viajaba por menos de un pesito, dado que cinco de cada diez viajes eran gratis porque no funcionaba la maquinita, porque no tenían cambio o porque faltaba alguien. Todo esto se debe al enviciamiento de los subsidios: en cada paritaria, las patronales otorgaron sin chistar el aumento que el gremio pidiese, total, el aumento de costos lo trasladaban a los subsidios. Si de la recaudación dependieran los salarios de los trabajadores, los boleteros fabricarían las monedas, arreglarían las maquinitas e irían a laburar con hemorroides.  

La reestructuración tarifaria no me da bronca, ni me asusta: me genera expectativa. Cuando el bondi esté a tres pesos, el subte a cinco, la nafta a ocho pesos, un departamentito de cuarenta metros cuadrados pague cientocincuenta de gas y doscientos de luz, cuando todos los aumentos repercutan en los costos de producción y sean trasladados a los precios de alimentos e indumentaria, ahí veremos qué tan maravillosa fue la bonanza económica del modelo kirchnerista. Cuando se necesiten cinco lucas para no caer en la indigencia, veremos. Como en una relación enfermiza, donde no se quiere ver la realidad, el sinceramiento duele. Tal vez encontraron, finalmente, el portal que une la dimensión real -en la que ellos dicen vivir- y la dimensión paralela, en la que dicen que vivimos el resto. 

Por lo pronto, seguiremos viendo por televisión el festival oncológico oficialista, con la muchachada cantando "acá tené lo pibe' para la extremaunción" y las Madres de Plaza de Mayo agradeciendo a los trabajadores de Escrivá por haber cuidado de la Presi. Es un evento sociológico único, con el pobrerío arrastrado por Ishii desde José C. Paz contando por televisión que a la Presi la siguen a todos lados en un acto de sacrificio laboral sin precedentes, contrastando sus flacuras y dentaduras poco pobladas con las pancitas bien alimentadas -y bien vestidas- de los camporitas, que a esta altura se han convertido en una PyME destinada a la animación de velorios y postoperatorios. 

Mientras la militancia prepara una movilización de apoyo y aguante a la Presi para el tratamiento de conducto al que será sometida el mes que viene, Todo Noticias anuncia una y otra vez que el pronostico de Cristina es alentador, con lo que no se entiende bien si es que la viuda la zafa, o ya reciben palmas y coronas. Entre tanto, Boudou no pierde el tiempo y ya le sacó a De Vido el manejo del correo y tiene la lapicera afilada para seguir firmando. Si Alsogaray nos viera...
Por suerte, nadie se pregunta -todavía- algo incómodo: ¿Y si decidiera extender sus vacaciones por tiempo indeterminado? 

Jueves. Feliz Epifanía para todos. Y recuerden que nunca dejamos de ser pobres, sólo nos subsidiaron la supervivencia. ¿El modelo? Son los padres.

(*) Nota del autor publicada originalmente en Relato del Presente el 5 de enero de 2012.

martes, 10 de enero de 2012

Recuerdos del Huracán (*)

Diciembre había arrancado caldeado. El primer día hábil del mes, nadie pudo sacar más de 250 pesos. Siendo, por aquel entonces, empleado judicial de la provincia de Buenos Aires, la restricción me importó poco y nada: hacía varios meses que percibía mi sueldo en Patacones. 

Al vivir en Capital, ir a laburar a Lomas de Zamora era toda una aventura por aquellos días. Ahora también lo sigue siendo, pero Camino Negro no era lo que es hoy. Además de no tener luces, era angosto, con semáforos que funcionaba cuando la municipalidad quería y uno tenía que ir con el auto esquivando caballos que cruzaban a buscar pasto del otro lado. Ahora que lo pienso bien, no cambió mucho, sólo lo ensancharon. 

El lunes 17, al llegar a mi laburo, me encuentro con los partes preventivos del juzgado de al lado -informes mal redactados y con errores de ortografía que envían desde las seccionales cuando toman parte de un hecho- entre los cuales había uno que me llamó la atención: habían saqueado tres supermercados. Y cuando digo saqueo, me refiero a la mayor dimensión posible. No habían dejado ni los motores de los refrigeradores. Lo que podían llevarse, lo llevaron. Lo que no, lo rompieron. El desprecio por el laburante -¿Acaso un comerciante no es eso, también?- era notorio y así comprobamos que lo que había pasado en Rosario unos días antes, se generalizaba en todo el país. Finalizada la jornada, emprendí mi vuelta a casa. Camino Negro ya no estaba tan negro. Una sucesión de fogatas habían iluminado el trayecto desde Larroque hasta el puente de la noria y la gente se congregaba alrededor de las mismas, sin cortar la ruta, demostrando su presencia, nada más.


El martes 18, al tomar el camino hacia la parte de Banfield que nadie quiere conocer, las fogatas se habían multiplicado. La gente presente, también. En el Juzgado las caras de preocupación abundaban. El Secretario, tan joven e inexperto como brillante, comentaba sobre el programa de la medianoche anterior de Daniel Hadad -tenía uno en América, si mal no recuerdo, llamado "Después de Hora"- y repetía preocupado lo que había aumentado el riesgo país. El Oficial Mayor, al borde de la jubilación, le respondía que todo se iba al carajo y que Hadad era un mercenario, mientras le jugaba las cuatro cifras del riesgo país a la cabeza. Perdió. Antes de retirarnos a nuestros domicilios, el Juez nos llama a todos los "extranjeros" -los que no vivíamos en Lomas- para informarnos que al día siguiente esperáramos el llamado del Secretario antes de emprender el viaje a Tribunales.

Como la suerte siempre me lleva a vivir momentos interesantes, olvidé el celular en la oficina. Así fue que el miércoles 19 de diciembre de 2001, a las siete de la matina, tomo un Camino Negro con piquetes que restringían el tránsito a un sólo carril por mano. Debo confesar que la mirada amenazante de la muchachada intimidaba a cualquiera. Al llegar al Juzgado, el Secretario me insulta de arriba a abajo por pelotudo y me sugiere de un modo poco amistoso que me retire ya mismo a mi hogar hasta nuevo aviso. Era demasiado tarde.

Camino Negro ardía, la Policía que intentaba poner orden era corrida con fuego -de verdad- y opté por la opción más suicida, por lo que me metí con mi auto por Villa Albertina rumbo a Camino de Cintura, con la esperanza de encontrarlo en mejor estado. La radio transmitía constantemente las novedades del momento, mientras yo me sumía en una hilera eterna de automóviles practicando turismo aventura por las calles de tierra. Fue en ese momento en que un hombre golpea la ventanilla de mi auto y me ofrece tres conejos por diez pesos. Y me los mostraba, carneados, ideales para hacerlos a la cazadora. 

En Camino de Cintura el panorama no era muy distinto, pero al menos se podía circular a paso de hombre. Al llegar a La Tablada, escuché por radio a un locutor afirmar que los saqueos eran producto del hambre, mientras mis propios ojos veían como del Auchán ubicado a mi derecha, retiraban televisores, equipos de música, microondas y otros electrodomésticos. Supuse que de tanto hambre la gente se había acostumbrado a comer placas de video, microchips y cables, y continué viaje esquivando patrulleros, carritos de supermercado, cubiertas incendiadas y otros obstáculos. Ocho horas después de salir de Lomas de Zamora, conseguí llegar a mi hogar en Flores, para comprobar el contestador automático plagado de mensajes de mi hermano, quien me anoticiaba que en la zona noroeste del conurbano el panorama se había puesto tan fulero que quedó refugiado en la casa de unos amigos en Tortuguitas. Bondis no había y el tren era lo más parecido a un suicidio. Tomé el auto y fui a buscarlo. 

La puta radio contaba que el Congreso seguía aprobando leyes -iban más de quinientas en una semana- y los movileros daban cuenta que la marea de saqueos alcanzaba a todo lo que considerábamos civilización. Tomé la panamericana y duré poco: habían dado vuelta un camión frigorífico y varios cargaban en sus hombros una media res, mientras dos pibes parados en la caja del camión volcado disparaban sus pistolas al cielo. Grave error cometí al creer que avenida Márquez estaría más tranquila, ya que encontré otro grupo de zombies cometransistores saqueando un camión de una cadena de electrodomésticos -no recuerdo bien, pero creo que era Rodó- mientras los patrulleros pasaban a la mayor velocidad posible con rumbos más urgentes, supongo. 

Los informes del tránsito que vomitaba la radio se resumían en "todos moriremos a la medianoche", por lo que uno los podía armar de acuerdo a las noticias de los saqueos. Por ejemplo: piquete en Márquez y Roca, vuelta en "U" y derechito hasta Márquez y Libertador. Medio conurbano después, al tomar Libertador la radio informa que están incendiando un ovni en el ramal Tigre de la panamericana, por lo que se sigue por donde se puede hasta la 197. Despejado, fantástico, le pego derecho hasta ruta 8. No, en Ruta 8 están saqueando un mayorista, vuelvo a panamericana. La gente se manda en contramano por la autopista, mandémonos en contramano, no más, que en la mano contraria interceptaron un camión de vacunos y están guiando a los animales hacia los mataderos hogareños. 

Luego de recoger a mi hermano, siendo ya de noche, la radio nos escupe que De La Rúa, rapídisimo de reflejos, tardó 72 horas en decretar el Estado de Sitio, pasando por arriba del Congreso y violando la Constitución Nacional. La cámara de diputados le respondió con la eliminación de los superpoderes. En los parlantes del auto se escucha "a partir de este momento transmite LRA1" y chupete nos cuenta que la culpa es de cualquiera, que todos son violentos y que pronto retomaremos el camino del crecimiento. Subir a la panamericana de regreso fue lo más parecido a Mad Max que pude presenciar en mi vida. Autos en llamas, camiones volcados, vacas sueltas y el cielo iluminado por las fogatas pintaban un panorama desolador. Nuestras familias nos llamaban preocupadas y sabía que debería viajar a casa con lo puesto. 

Avenida Lugones. Bajar en 9 de julio era el suicidio asegurado y Buenos Aires flotaba en furia. El puerto oscuro en la medianoche parecía un camino paradisíaco. Mientras en Plaza de Mayo se congregaba una multitud de violentos, desestabilizadores y golpistas, una oficina de Comodoro Py permanecía iluminada. Servini de Cubría estaba de turno. La radio nos avisa que Cavallo acaba de renunciar justo cuando la autopista a La Plata nos aleja del caos y nos promete el reencuentro con nuestros seres queridos en mi  Mar del Plata, que también era un caos, pero al lado de Buenos Aires, parecía un oasis. 


Volver a Baires era más divertido. De la Rúa había renunciado y el Adolfo era Presidente, anunció el default, fue aplaudido por todos, convocó a Grosso por el currículum y no por el prontuario, y a Matilde Menendez ni la llegó a nombrar. La gente se pone nerviosa, el Adolfo convoca a una reunión urgente de gobernadores peronistas, Reutemann y Kirchner pegan el faltazo, el Adolfo renuncia. Año nuevo nos trajo como regalito a Eduardo Duhalde de Presidente y los reyes magos nos ofrendaron la devaluación asimétrica el 6 de enero. 

No soy de recordar esos tiempos muy a menudo, dado que no los tengo almacenados con cariño. Sin embargo, los aniversarios redondos nos obligan, sin quererlo, a rememorarlos aunque no lo querramos. No estoy de acuerdo con que haya sido la peor crisis económica de la historia argentina. Quizás los números son crueles, pero el impacto de aquellos tiempos fue aún mayor porque la crisis económica se conjugó con la crisis social y la crisis política. El voto bronca fue la estrella del país tan sólo dos meses antes de la caída de De La Rúa, el "que se vayan todos, que no quede uno solo" se convirtió en el hit del verano y el cartoneo era la salida laboral más pujante.

Diez años después, muchos sostienen que, a pesar de todo, estamos mejor. A mi humilde entender, creo que nos acostumbramos. La crisis económica no terminó nunca, ni siquiera en los papeles y hasta el mismo congreso la prorroga año a año, a pedido del Poder Ejecutivo. La crisis política jamás pasó de moda y no es tan solo patrimonio del peronismo, donde los opositores de ayer, hoy son oficialistas y los oficialistas de hace un par de semanas, hoy son opositores. Un radicalismo que no consigue llamar a una tregua interna sin que salga Leopoldo Moreau a oponerse, eternizando la interna que viven desde la revolución del parque, un socialismo que está a favor o en contra de las medidas del gobierno, dependiendo de cómo reaccione la gente, y el PRO que no quiere ser oposición. Y la crisis social que nunca se fue, ni se calentaron en combatirla. Comprar a los piqueteros no dio resultado, sólo permitió que haya una fuerza de choque paraestatal que permitiera recuperar la Plaza de Mayo. El odio hacia el que tiene lo que el otro desea, nunca mermó. La violencia delictiva es fruto de este odio, más allá de la droga, la pobreza, la educación y el resto de las boludeces que digan los progresistas de cotillón para justificar al delincuente frente a la sociedad que lo margina. La falta de respeto hacia el que tiene algo, así haya laburado horas extras en tres empleos durante diez años, radica en el odio y la permisividad del Estado, culposo de reprimir lo que no puede evitar. El saqueo del 2001 se institucionalizó y ya no es necesaria una horda para vaciar un supermercado. Cualquier pibe es una PyME en potencia y cualquier boludo que circule por la calle y aparente llegar a mitad de mes, es una fuente de producción.  

Ayer Victor Hugo Morales mostraba en su programa de Canal 9 un informe con "postales desde el infierno". La misiadura que pretendía demostrar, no hacía falta ir a buscarla a ningún archivo de hace una década. Con sólo filmar el Paseo Colón de noche, alcanzaba. Con recorrer cualquier villa, sobraba. Y con visitar Tucumán y buscar algún niño desnutrido como la que nos asustó por televisión aquella vez, tenían material para hacer un especial de tres meses, veinticuatro horas en continuado. 

Una década después, los salariazos de las paritarias apenas alcanza para correr atrás de la inflación, con lo que los trabajadores reciben hoy el aumento que necesitaban el año pasado. Dos lustros después, sigue haciendo falta la implementación de planes sociales para paliar infructuosamente la miseria de los sectores más vulnerables. Ciento veinte meses después y cualquiera que desee comprar dólares es considerado un terrorista que practica la fuga de divisas para desestabilizar al gobierno. Quinientas veinte semanas transcurridas y la pobreza nos sopapea en cada esquina, debajo de cada puente, en el pasillo de cualquier subte. Tres mil seiscientos cincuenta y dos días y todavía utilizan los números macroeconómicos para decidir si estamos bien o estamos mal, mientras la desnutrición continúa en su costumbre de hacer estragos. Sin embargo, varios pibes que por aqullos años ni se enteraban de qué sucedía puertas afuera de sus departamentos, hoy creen que salimos de un infierno que nunca conocieron y nos putean por no entender lo bien que estamos.

A grandes rasgos, nada cambió. Nada, sólo nos acostumbramos. Treinta y nueve muertos y cientos de heridos al pedo. Diez años al pedo.




Lunes. Una buena mentira maquillada, no deja de ser una falta de respeto, un chamuyo en continuado, un relato del presente.)

(*) Nota del autor, publicada originalmente en Relato del Presente el 19 de diciembre de 2011.