sábado, 26 de noviembre de 2011

Revisionismo Histriónico (*)

*Nota de mi autoría publicada en Contexto24.com el 23 de noviembre de 2011. 

Mediante el Decreto n°1880/2011, la Presidente Cristina Fernández creó el Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego. Si bien un anuncio de este estilo no es precisamente lo que se espera en momentos de evidente crisis, ajustes solapados y públicos conflictos sectoriales, siempre es bienvenida una noticia que sea relevante para el ámbito cultural y educativo.

A pesar de ello, la intencionalidad manifiesta de qué tipo de revisionismo se debía practicar, quedó plasmada en los considerandos del flamante decreto, que entre otros objetivos, ordena "la reivindicación de todas y todos aquellos que defendieron el ideario nacional y popular ante el embate liberal y extranjerizante de quienes han sido, desde el principio de nuestra historia, sus adversarios, y que, en pro de sus intereses han pretendido oscurecerlos y relegarlos de la memoria colectiva del pueblo argentino." Asimismo, se instruye al nuevo Instituto a que preste "especial atención a la reivindicación de la participación femenina", como así también a "la importancia protagónica de los sectores populares, devaluada por el criterio de que los hechos sucedían sólo por decisión de los «grandes hombres»”.

Si bien la designación inicial de Mario Pacho O´Donnell al frente del Instituto infiere un halo de mediana independencia intelectual a la hora de analizar -una vez más- la historia argentina, la composición del equipo inicial que lo acompañará, sugiere todo lo contrario. Más allá de la conocida posición histórica del mediático best seller Felipe Pigna -quien también integra el flamante instituto- al leer la nómina hallamos los siguientes nombres:

-Araceli Bellota, se ha destacado por diversas publicaciones referentes a aspectos íntimos de personajes históricos, entre los que podemos contar Las Amantes de Yrigoyen, La Amante de Sarmiento y Las Mujeres del General. No hace mucho tiempo, desde una columna escrita en el diario La Nación referente a la Triple A, pidió a los historiadores que se funden en documentos y no en dichos.  En ese mismo texto, afirmó que Perón no echó a los Montoneros de la Plaza por revoltosos, sino que se trató de una represalia "porque insultaron a su esposa". A pesar de existir un video que puede ubicarse fácilmente en YouTube, la historiadora funda su afirmación en un dicho de Abal Medina padre. Nombró a Cris "miembro de honor" del Instituto Revisionista.

-Ernesto Jauretche, sobrino de don Arturo, fue Oficial Primero del Ejército Montonero. Desde que Néstor bajó el cuadro de Videla, considera que el kirchnerismo es la expresión de "la hora de los pueblos" de la que hablaba Perón.

-Enrique Manson, profesor de historia de prolífera pluma peronista que intentó poner paños fríos en la disputa generada por Sandra Russo -cuando afirmó que "el kirchnerismo es un proyecto superador del peronismo"- expresando que "comparar a Perón con Kirchner, es como comparar a Maradona con Messi".

-Eduardo Anguita, de quien no hace falta recordar que fue militante del ERP, la organización guerrillera que más atentó contra el gobierno democrático de Perón. Hace ya varios años que trabaja en Canal 7.

-Victor Jorge Ramos, además de haber sido funcionario durante los dos gobiernos de Carlos Menem, es hijo de Jorge Abelardo Ramos, uno de los pensadores de izquierda más interesantes que ha dado la historia argentina. Varios de los textos escritos por Jorge Abelardo, haría sonrojar, enfurecer o avergonzar a varios simpatizantes del kirchnerismo, a pesar de las suposiciones de Tomás Forster sobre el sueño cumplido del Colorado, gracias al kirchnerismo.

-Luis Launay, que hace un par de años desafió a duelo -de verdad- a un Infante Paracaidista que se había quejado porque Cristina se puso a hacer morisquetas con una boina roja. En 2007 se enojó porque el kirchnerismo presentó una boleta compartida entre Carlos Heller y Julio Piumato, acusando al primero de "figurón, progresista, gorila y capitalista". También Presidente del Instituto del Pensamiento Nacional, en una exposición escrita citó un discurso de Cristina para justificar el nuevo movimiento revisionista. El discurso, es aquel en el que la Presidente mencionó como próceres a San Martín, Belgrano, Rosas, Moreno y Castelli, para luego sumar a Néstor Kirchner.

-Pablo Vazquez es un historiador que desde su cuenta en twitter despidió al dictador Muhamar Khadaffi con un "¡Hasta la Victoria Final, Coronel!", para luego aseverar que "fue asesinado como héroe junto a su pueblo en la lucha" y hacer suya la aseveración de que la Organización para las Naciones Unidas "es un organismo ruin, farsante, pérfido, fariseo, indigno y despreciable". Al conocerse la victoria de Cristina Fernández en las elecciones pasadas, publicó que los perdedores "tienen el falo peronista adentro".

-Daniel Brion, hijo de Mario -fusilado en José León Suárez en 1956- también integra el elenco revisionista. En un editorial escrito a los pocos días del fallecimiento de Néstor Kirchner, sostuvo que la Presidente no debe dar "ni un paso atrás, ni siquiera para tomar carrera”. Asimismo, alertó: "Cuidado compañeros, la repugnante oligarquía no ha muerto, se oculta, espera agazapada, espera un descuido y escribe desde esos diarios que no quieren a Ley de Medios".

-Julio Fernández Baraibar, autodefinido como político de la izquierda nacional, ha hecho méritos revisionistas desde hace varios años. Su tesis de que Néstor puso fin a una dictadura liberal que duró 35 años y que le devolvió la dignidad al país, compiten cabeza a cabeza con su comparación del sepelio del ex presidente con el de Eva Duarte o el del mismísimo General Perón.

-Cristina Álvarez Rodríguez, más conocida como la sobrina de Evita, si bien no suma con el apellido, le da un toque peronista por ADN. Luego de haber sido funcionaria provincial bajo las gestiones de Carlos Ruckauf y Felipe Solá, se dedicó a congraciarse con Cristina cada vez que le ponían un micrófono en frente, arrojando frases como "Evita hizo todo con trabajo, enfrentándose a la injusticia con una postura revolucionaria y su lucha hoy toma sentido con una mujer presidenta como Cristina"

-Jorge Coscia, un empedernido romántico de la historia, que ve en cada hecho humano una historia de amor. Autodefinido como Peronista de Izquierda, afirma que participó del Cordobazo a los 16 años. Investigado por presunto enriquecimiento ilícito, pasó por el Instituto de Cine, ocupó una banca en Diputados y se convirtió en Secretario de Cultura. Luego de convertir a Ernesto "Che" Guevara en "el hombre nuevo", publicó una historia de amor llamada "Juan y Eva".

Jorge Coscia no es el único integrante del actual gabinete del ejecutivo nacional, ya que contará con la compañía de Aníbal Fernández, quien ha dado sobradas muestras de creer que la realidad tiene dos versiones: la de él y la equivocada.

La historia se encuentra ahí, irreverente, desarmada ante las intenciones de quienes pretenden darle una mano de barniz que cambie su apariencia. Sin embargo, por mucho que se intente revisarla, nunca se podrá trastocar la realidad de los hechos ya ocurridos.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Gente Común (*)

(*)Nota de mi autoría publicada el 07 de noviembre de 2011 en Contexto24.com

Desde siempre hemos oído hablar del sentido común como una autoridad en sí mismo. En una discusión, apelar al sentido común para intentar convencer al otro, es lo mismo que un pastor evangelista esgrimiendo un dogma de fe como todo elemento convincente, cuando todas las demás herramientas han fallado. El dogma elimina todo tipo de respuesta intelectualizada, dado que ya no quedan argumentos de la razón, sino que todo depende de un abstracto, Dios en el caso de la fe, el colectivo social en el caso del sentido común.

Desde este punto de vista, suponer que la opinión de la mayoría en determinado tema da autoridad a los intérprete de todo movimiento social a tomar el poder de esa mayoría para justificar cualquier medida, es minimizar la intelectualidad del individuo, reduciéndolo a un mero ingrediente de una masa uniforme que no piensa, sino que adhiere a una entelequia superior que nadie domina, pero que unos pocos interpretan.

Existen determinados temas que generan roces y, eventualmente, choques entre personas que, supuestamente, pertenecen a un mismo estrato social. Sin ir más lejos, pueden notarlo en todos y cada uno de los foros referentes al aborto. Y digo supuestamente, porque no existe estratificación social que pueda encasillar el pensamiento de los seres que conviven en una comunidad, como si se trataran de fabricaciones industriales de una u otra empresa en competencia.

Tanto Webber como Marx han dividido a la sociedad en clases, uno por la ubicación de un conjunto de estatus, el otro como una mera ubicación en la función de producción. Cuando apelamos a cuestiones de sentido común, suponemos que la clase media -ese universo amorfo que nos gusta llamar clase media- tiene intereses contrapuestos con los estratos sociales, y lo mismo hacemos con el resto de las clases. Sin embargo, al momento de dar por sentada una forma de pensar como común al resto de la sociedad, no tomamos en cuenta a las clases sociales y ni que hablar de las diferencias individuales de cada integrante.

Ni el poder adquisitivo, ni el estatus de influencia en otras personas, ni el prestigio adquirido en la sociedad, nos da el poder de pensar por otros y dar por sentado que todos elaboramos un mismo hecho o situación del mismo modo. El mecanismo de pensamiento es el mismo, biológicamente comprobado, pero el resultado es distinto y varía de acuerdo a un sinfín de motivos y razones que van desde la crianza, hasta la situación actual y personal de cada uno, pasando por todas las vivencias de cada ser humano que se precie de tal.

Nuestras diferencias internas en cada clase social, son tan notables que las vivimos a diario y las dejamos por sentada en cada acto electoral para renovar autoridades y, parece mentira, nadie lo tiene en cuenta a la hora de hablar del sentido común. Si todos pensáramos igual, no habría necesidad de partidos políticos. Si todos tuviéramos los mismos gustos, no existirían todas esas cosas que nos diferencian del otro.

Sin embargo, en los últimos años hemos sido testigos de un desvarío intelectual, propio de la ignorancia supina de quienes ejercen, o pretenden ejercer algún día, funciones de poder. Opositores y oficialistas apelan al término el común de la gente, como si de una autoridad se tratara. Esta deformación del concepto de sentido común, es remozada y rebarnizada ante cada situación que lo merezca. Y el merecimiento, en estos casos, se mide con la vara de lo inexplicable desde el intelecto, sea por ignorancia, o por mera vagancia.

Como si Carguilhem, Comte o Durkheim no hubieran existido, de nuevo e instintivamente se apela al organicismo social, existiendo conductas comunes, frente a otras que son patológicas, anormales, contrarias a lo normal. La conducta patológica necesita de la conducta normal para existir, dado que lo normal adquiere nivel de valor y, por ende, lo anormal o patológico, se convierte en lo que se rechaza. Si lo que consideramos normal es lo mejor, todo lo que sea contrario, será considerado lo peor. Bajo estos preceptos, sea por burros, por inercia o a pura conciencia -cosa que desestimo- cada vez que se califica a una conducta como normal, todo aquello que no cuadre con la misma, será considerado una especie de enfermedad que el común de la gente -la normal- deberá combatir para curarse.

Las estadísticas son necesarias para medir muchos elementos que hacen a la sociedad, pero son encuadradas siempre en un determinado contexto social. Se miden prioridades, se establecen líneas de datos para prestar atención, pero no determina la forma de pensar común. Hoy es prioridad la inseguridad para un gran número de la sociedad, pero no por ello deja de ser importante para el resto. Cada uno de nosotros tiene una escala de valores propia, tan individual como nuestras huellas digitales, y no porque el otro no tenga idénticos valores, sino porque son distintos los motivos que moldearon esas prioridades.

Me pregunto a qué quieren apuntar opositores y oficialistas cada vez que defienden una postura individual o colectiva de un sector de la sociedad, como si fuera la opinión del común de la gente. ¿Existe gente común? A usted, eventual lector ¿Le agrada la idea de ser común, normal, igual al resto?

La semana que acaba de empezar fue precedida por el fin -dicen- de una corrida bancaria frenada -dicen- a tiempo -dicen- por el gobierno. Los interesados en frenarla, apelaron a que el común de la gente no compra dólares. Tomemos esta premisa por cierta e imaginemos por qué el común de la gente no compra dólares. Puede ser por falta de interés, por confianza en la economía, por desconocimiento de las variables bursátiles, o, sencillamente, porque no tiene con qué comprar dólares.

Del otro lado, algunos de los que se encuentran interesados en la libre disposición de divisa norteamericana, apelaron a que el común de la gente se refugia en dólares. Aplicando el mismo criterio que en el caso contrapuesto, podríamos decir que la gente quiere comprar verdes porque no confían en la economía, porque los necesitan para pagar una deuda contraída en dólares, o porque les gusta y se sienten cómodos teniendo sus ahorros en billetes del Tío Sam.

Esta disyuntiva parte de una más grande, superior a todas y que no es otra cosa que el resultado electoral de las pasadas elecciones. Interpretado bajo la premisa de una mayoría aplastante -para el esoterismo numerológico electoral, lo es- el común de la gente apoya la propuesta de Cristina. ¿Es la mitad más unos cuantos de los que fueron a votar, la mayoría indiscutible para poder hablar de un sentido común? ¿Son ellos los normales y el resto los anormales? ¿Es al revés?

El oficialismo, al considerar la variable del apoyo incondicional, caen en un grave error. El asco demostrado contra la mitad del electorado porteño, no da motivos para cambiar de parecer y dar por sentado que, ante números similares, la totalidad de una población está de acuerdo con un gobierno. Y dentro de esa inmensa masa de votantes positivos, la diversidad de motivos para votar a favor de la señora Presidente es tan variada como cantidad de individuos que la componen, como para suponer que el común de la gente no haría algo que moleste a la viuda de Kirchner.

La imposición de normalidad a un pensamiento y accionar de un grupo reducido, es la peor forma de interpretar las necesidades de una comunidad compuesta por cientos de grupos que interaccionan entre sí. Aunque, nobleza obliga, es la más sencilla y la que menos trabajo implica. A corto plazo, claro.