jueves, 10 de noviembre de 2011

Gente Común (*)

(*)Nota de mi autoría publicada el 07 de noviembre de 2011 en Contexto24.com

Desde siempre hemos oído hablar del sentido común como una autoridad en sí mismo. En una discusión, apelar al sentido común para intentar convencer al otro, es lo mismo que un pastor evangelista esgrimiendo un dogma de fe como todo elemento convincente, cuando todas las demás herramientas han fallado. El dogma elimina todo tipo de respuesta intelectualizada, dado que ya no quedan argumentos de la razón, sino que todo depende de un abstracto, Dios en el caso de la fe, el colectivo social en el caso del sentido común.

Desde este punto de vista, suponer que la opinión de la mayoría en determinado tema da autoridad a los intérprete de todo movimiento social a tomar el poder de esa mayoría para justificar cualquier medida, es minimizar la intelectualidad del individuo, reduciéndolo a un mero ingrediente de una masa uniforme que no piensa, sino que adhiere a una entelequia superior que nadie domina, pero que unos pocos interpretan.

Existen determinados temas que generan roces y, eventualmente, choques entre personas que, supuestamente, pertenecen a un mismo estrato social. Sin ir más lejos, pueden notarlo en todos y cada uno de los foros referentes al aborto. Y digo supuestamente, porque no existe estratificación social que pueda encasillar el pensamiento de los seres que conviven en una comunidad, como si se trataran de fabricaciones industriales de una u otra empresa en competencia.

Tanto Webber como Marx han dividido a la sociedad en clases, uno por la ubicación de un conjunto de estatus, el otro como una mera ubicación en la función de producción. Cuando apelamos a cuestiones de sentido común, suponemos que la clase media -ese universo amorfo que nos gusta llamar clase media- tiene intereses contrapuestos con los estratos sociales, y lo mismo hacemos con el resto de las clases. Sin embargo, al momento de dar por sentada una forma de pensar como común al resto de la sociedad, no tomamos en cuenta a las clases sociales y ni que hablar de las diferencias individuales de cada integrante.

Ni el poder adquisitivo, ni el estatus de influencia en otras personas, ni el prestigio adquirido en la sociedad, nos da el poder de pensar por otros y dar por sentado que todos elaboramos un mismo hecho o situación del mismo modo. El mecanismo de pensamiento es el mismo, biológicamente comprobado, pero el resultado es distinto y varía de acuerdo a un sinfín de motivos y razones que van desde la crianza, hasta la situación actual y personal de cada uno, pasando por todas las vivencias de cada ser humano que se precie de tal.

Nuestras diferencias internas en cada clase social, son tan notables que las vivimos a diario y las dejamos por sentada en cada acto electoral para renovar autoridades y, parece mentira, nadie lo tiene en cuenta a la hora de hablar del sentido común. Si todos pensáramos igual, no habría necesidad de partidos políticos. Si todos tuviéramos los mismos gustos, no existirían todas esas cosas que nos diferencian del otro.

Sin embargo, en los últimos años hemos sido testigos de un desvarío intelectual, propio de la ignorancia supina de quienes ejercen, o pretenden ejercer algún día, funciones de poder. Opositores y oficialistas apelan al término el común de la gente, como si de una autoridad se tratara. Esta deformación del concepto de sentido común, es remozada y rebarnizada ante cada situación que lo merezca. Y el merecimiento, en estos casos, se mide con la vara de lo inexplicable desde el intelecto, sea por ignorancia, o por mera vagancia.

Como si Carguilhem, Comte o Durkheim no hubieran existido, de nuevo e instintivamente se apela al organicismo social, existiendo conductas comunes, frente a otras que son patológicas, anormales, contrarias a lo normal. La conducta patológica necesita de la conducta normal para existir, dado que lo normal adquiere nivel de valor y, por ende, lo anormal o patológico, se convierte en lo que se rechaza. Si lo que consideramos normal es lo mejor, todo lo que sea contrario, será considerado lo peor. Bajo estos preceptos, sea por burros, por inercia o a pura conciencia -cosa que desestimo- cada vez que se califica a una conducta como normal, todo aquello que no cuadre con la misma, será considerado una especie de enfermedad que el común de la gente -la normal- deberá combatir para curarse.

Las estadísticas son necesarias para medir muchos elementos que hacen a la sociedad, pero son encuadradas siempre en un determinado contexto social. Se miden prioridades, se establecen líneas de datos para prestar atención, pero no determina la forma de pensar común. Hoy es prioridad la inseguridad para un gran número de la sociedad, pero no por ello deja de ser importante para el resto. Cada uno de nosotros tiene una escala de valores propia, tan individual como nuestras huellas digitales, y no porque el otro no tenga idénticos valores, sino porque son distintos los motivos que moldearon esas prioridades.

Me pregunto a qué quieren apuntar opositores y oficialistas cada vez que defienden una postura individual o colectiva de un sector de la sociedad, como si fuera la opinión del común de la gente. ¿Existe gente común? A usted, eventual lector ¿Le agrada la idea de ser común, normal, igual al resto?

La semana que acaba de empezar fue precedida por el fin -dicen- de una corrida bancaria frenada -dicen- a tiempo -dicen- por el gobierno. Los interesados en frenarla, apelaron a que el común de la gente no compra dólares. Tomemos esta premisa por cierta e imaginemos por qué el común de la gente no compra dólares. Puede ser por falta de interés, por confianza en la economía, por desconocimiento de las variables bursátiles, o, sencillamente, porque no tiene con qué comprar dólares.

Del otro lado, algunos de los que se encuentran interesados en la libre disposición de divisa norteamericana, apelaron a que el común de la gente se refugia en dólares. Aplicando el mismo criterio que en el caso contrapuesto, podríamos decir que la gente quiere comprar verdes porque no confían en la economía, porque los necesitan para pagar una deuda contraída en dólares, o porque les gusta y se sienten cómodos teniendo sus ahorros en billetes del Tío Sam.

Esta disyuntiva parte de una más grande, superior a todas y que no es otra cosa que el resultado electoral de las pasadas elecciones. Interpretado bajo la premisa de una mayoría aplastante -para el esoterismo numerológico electoral, lo es- el común de la gente apoya la propuesta de Cristina. ¿Es la mitad más unos cuantos de los que fueron a votar, la mayoría indiscutible para poder hablar de un sentido común? ¿Son ellos los normales y el resto los anormales? ¿Es al revés?

El oficialismo, al considerar la variable del apoyo incondicional, caen en un grave error. El asco demostrado contra la mitad del electorado porteño, no da motivos para cambiar de parecer y dar por sentado que, ante números similares, la totalidad de una población está de acuerdo con un gobierno. Y dentro de esa inmensa masa de votantes positivos, la diversidad de motivos para votar a favor de la señora Presidente es tan variada como cantidad de individuos que la componen, como para suponer que el común de la gente no haría algo que moleste a la viuda de Kirchner.

La imposición de normalidad a un pensamiento y accionar de un grupo reducido, es la peor forma de interpretar las necesidades de una comunidad compuesta por cientos de grupos que interaccionan entre sí. Aunque, nobleza obliga, es la más sencilla y la que menos trabajo implica. A corto plazo, claro.

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